Sábado en la tarde, el teléfono taciturno y ningún contacto online en Messenger. El panorama no varía mucho de un fin de semana otro desde hace meses. Llevo dos días en pijama y encerrada en mi casa, el café con leche que tengo en frente se enfría y se cubre con una capa de nata, ya no lo beberé, desde pequeña me ha dado asco esa cosa.Me pongo de pie y miro por la ventana, afuera el mundo se ve frío… una señora camina de la mano con un niño que intuyo debe ser su hijo, ella va mucho más adelante, el niño da pasitos cortitos y rápidos para seguirle el ritmo a su madre, él luce pequeñísimo y la gruesa parka que viste no hace sino hacerlo parecer más pequeñito. Acá dentro también está frío y sólo el olor a ropa planchada que despide mi ropa me sugiere que estoy demasiado cerca de la estufa.
“Perderás a todos tus amigos si sigues así”, dijo mi abuelo una de las últimas veces que hablé con él. Yo no le creí, obviamente, pues cuando uno cree estar haciendo las cosas bien las palabras de los demás jamás son tomadas en cuenta. Y yo estaba haciendo las cosas bien, aún no entiendo porqué si yo sólo intentaba hacer las cosas de la mejor manera éstas salieron tan desastrosamente mal.
Retrocedo de espaldas, choco la mesita con ruedas y el café se cae, hay café con leche en mis pantuflas y por todas partes en realidad, se ha quebrado el tazón que me regaló Ella para el día de la amistad dos años atrás. Miro hacia el piso y ahí están los fragmentos de loza, la asociación con la realidad resulta inevitable y dolorosa, mi cara y la de Ella en dos fragmentos separados, más allá se aprecia, en parte, el corazón que adornaba la superficie del tazón. No me lamento mayormente, en algún momento tenía que pasar, de todas maneras era ridículo que siguiera usándolo. Esa amistad y todo lo que vino después se quebró muchísimo antes que el tazón y no fui yo quién “la botó de la mesa”.
Mientras busco los implementos necesarios para limpiar las consecuencias del accidente, trato de recordar en detalle como eran los fines de semana el año pasado. A esta hora el teléfono no paraba de sonar, yo me preparaba para ir al supermercado o darme una ducha, o si no para ir al supermercado y luego darme una ducha. La lista de canciones en el reproductor de música del computador era interminable y mi entusiasmo se olía desde abajo del edificio.
Por respeto a la humanidad que en algún momento poseí, decido bañarme. Busco algo para ponerme después y me percato de que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que compré ropa, sin Ella insistiendo en que cada temporada hay algún “Must” que debo comprar, ir de compras no resulta tan llamativo. La cara que refleja el espejo no es la mejor, definitivamente. El pelo grasoso y pegado a las sienes tampoco ayuda mucho, menos la pintura de mis uñas descascarándose.
El agua de la ducha cae sobre mí y yo pretendo ser redimida. Cierro los ojos y no hago sino recordar más palabras de mi abuelo: “Esas personas te querían”, me dijo la última vez que el teléfono de mi casa tuvo propósitos realmente comunicativos, esa fue la última vez que escuché la voz de alguien a través del auricular. Bueno, como hace dos semanas llamé a un gásfiter, pero eso no cuenta porque él sólo respondió con monosílabos. Definitivamente ya no quedan amigos, la familia no cuenta, pues al único que tuve, prácticamente desde mi nacimiento, fue a mi abuelo. Algo de destino trágico tenía que venir en mis venas, por algo fui la única que salió viva de ese fatal accidente en la carretera. Pero amigos ya no quedan, sólo el psicólogo, pero él no es un amigo real pues sólo me escucha porque le pago para que lo haga y cobra cada vez más caro además. También está el gato que me pide comida por las mañanas, pero sólo viene por su comida y se va, la mayoría de las veces ni siquiera deja que le haga cariño, pero su pelo corto brilla de tal manera cuando la luz pega directamente sobre su regordete cuerpecito que me resulta imposible no seguir alimentándolo. Creo que es de la vecina de arriba.
Siento aún más frío al salir de la ducha, así que me envuelvo bien con la toalla y me paro cerca de la estufa de nuevo, ya no sale olor a ropa planchada, pero si me pongo más cerca saldrá olor a carne asada. Me pongo la ropa que seleccioné hace un rato y al ponerme el chaleco recuerdo que ésta fue la primera pieza de ropa que Ella me quitó estando sobria. Después de un tiempo viviendo juntas, creo que no quedó pieza de ropa invicta ante sus manos. Buenos tiempos aquellos, cuando el tazón que decía “Te quiero mucho, Amiga” nos parecía un gracioso eufemismo y la avalancha de te-lo-dije’s aún no tenía sentido para mi.
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2 se han pronunciado:
Me gustó esta entrada... me dejó como con penita.
Bueno, ya te dije lo que pensaba de ella por Msn.
Un besito!
esto tiene el sabor de sus posts del año pasado.stop.
no sé si me gusta. stop.prosa muy firuleteada. stop. no se siente muy sincero, después de todo.stop.
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